
Pastor David Jang
Puede que hayamos escrito sobre el amor en nuestro cuaderno de estudio bíblico, pero que en la agenda de hoy no hayamos reservado tiempo para nadie. ¿Cómo se convierte la gracia que hemos conocido en decisiones concretas de dedicar tiempo y asumir el esfuerzo de servir? La predicación del pastor David Jang aborda la práctica del evangelio a partir de la gracia de la salvación. Su punto de partida es la gratitud por el amor recibido de Dios, y la fuerza para recorrer ese camino viene de la ayuda del Espíritu Santo.
La gracia de la salvación transforma nuestra motivación para actuar
Cuando pensamos en vivir como discípulos, solemos recordar primero las cosas que debemos hacer: estudiar la Palabra, orar, servir al prójimo y anunciar el evangelio. Sin embargo, para comprender el sentido de todos estos esfuerzos, debemos contemplar primero la salvación que Dios ha realizado. El plan de salvación de Dios, revelado a través de la vida, la muerte y la resurrección de Jesucristo, constituye el fundamento de la fe. La nueva vida comienza con la noticia de que, en Cristo, ha sido restaurada nuestra relación con Dios, rota por el pecado.
Efesios 2:8–9 declara que la salvación es un don concedido por la gracia de Dios. Dios nos ha otorgado lo que no podemos obtener por nuestros méritos ni por ser dignos de ello. Recordar este orden transforma también la motivación de nuestra obediencia. Quien antes trataba de demostrar constantemente su valía para ganarse la aprobación de Dios aprende a reconocer el amor que ha recibido primero y a responder a él. Aunque las acciones sean las mismas, la ansiedad por demostrar nuestro valor y la gratitud por la gracia orientan el corazón en direcciones distintas.
La salvación es un don de Dios, y la práctica de la fe es la respuesta de quien ha recibido esa gracia. La advertencia de Santiago 2:17 sobre la fe sin obras también puede comprenderse dentro de esta relación. Confesar que hemos sido amados por Dios está vinculado con nuestra manera de mirar las necesidades del prójimo. Cuando ayudamos a alguien recordando la gracia que hemos recibido, la fe que profesamos se hace visible en acciones concretas: dedicar tiempo y asumir responsabilidades.
Desde esta perspectiva, el gozo de la salvación adquiere un sentido más profundo. Este gozo crece en una relación restaurada con Dios y sostiene nuestra vida incluso cuando las circunstancias cotidianas se vuelven inestables. El profundo gozo por la salvación que destaca esta predicación nace de recordar una y otra vez lo que Cristo ha hecho por nosotros. Si el peso de las tareas ha debilitado nuestra gratitud, podemos detenernos un momento y volver a contemplar la salvación que hemos recibido. La fuerza que sostiene el servicio del discípulo a lo largo del tiempo se cultiva al conocer de nuevo esa gracia.
Depender del Espíritu Santo y llevar la Palabra a las decisiones de cada día
Comprender los motivos de nuestra gratitud no hace que toda obediencia resulte fácil de inmediato. Nos encontramos con nuestra dificultad para actuar conforme a lo que nos hemos propuesto y con momentos en los que vacilamos aun sabiendo lo que debemos hacer. En este punto, el pastor David Jang destaca la obra del Espíritu Santo, que habita en los creyentes. Como muestra Romanos 8:9–11, el Espíritu Santo mora en quienes pertenecen a Cristo. Dios obra en su interior para que vivan conforme al propósito para el cual los ha llamado.
La guía del Espíritu Santo conecta el tiempo dedicado a aprender la Palabra con la vida cotidiana. Se trata de examinar nuestros juicios y nuestras acciones a la luz de la verdad comprendida al meditar en las Escrituras, y de buscar la voluntad de Dios en oración. Así, nuestra oración incluye tanto los resultados que deseamos como la persona que necesitamos llegar a ser. Al preguntarnos cómo cumplir con las responsabilidades de hoy y a qué necesidades de los demás responder, la Palabra que hemos aprendido pasa a orientar nuestra jornada.
El fruto del Espíritu descrito en Gálatas 5:22–23 muestra de manera concreta cómo se manifiesta esta transformación. El amor, la paciencia, la mansedumbre y el dominio propio se reflejan en nuestra manera de tratar a los demás y de asumir las responsabilidades cotidianas. Estas cualidades también son necesarias para no juzgar precipitadamente a alguien cuyo crecimiento es lento, o para renunciar a parte de nuestra comodidad y cumplir con un compromiso de servicio. Aunque parezcan pequeñas decisiones, en ellas se desarrolla un proceso de examinar nuestros hábitos egocéntricos y aprender a reflejar el carácter de Cristo.
Esta formación se profundiza cuando la Palabra, la oración y la práctica se mantienen unidas. Al repasar el día, podemos reconocer las acciones que no estuvieron de acuerdo con lo aprendido y pedir la ayuda del Espíritu Santo para nuestra próxima decisión. A su vez, Hechos 1:8 muestra que el poder del Espíritu Santo nos capacita para vivir como testigos de Cristo. La transformación que él produce moldea el interior del creyente y se expresa también en la valentía y la obediencia necesarias para anunciar el evangelio a otras personas.
Mantener la esperanza de la gloria en medio del sufrimiento
Cuando comenzamos a actuar conforme a la Palabra, descubrimos que la obediencia también exige esfuerzo. Cuidar de alguien requiere paciencia, y anunciar el evangelio puede entrañar dificultades y sacrificios. Cuando nos hemos entregado de corazón y, aun así, no vemos los resultados esperados, nos preguntamos por el sentido de ese esfuerzo. La enseñanza de que el sufrimiento forma parte de la vida del discípulo nos lleva a examinar nuestra fe precisamente ante estas preguntas.
Romanos 8:18 nos invita a contemplar los sufrimientos presentes a la luz de la gloria que ha de manifestarse. Cuando la dificultad inmediata parece abarcar toda nuestra vida, la promesa de Dios abre nuestra mirada hacia un futuro que todavía no vemos. Esta predicación entiende el sufrimiento como un proceso de prueba y formación en el que aprendemos a depender de Dios y crecemos en madurez. Nos lleva a confiar en que Dios sostiene nuestra vida incluso en medio del dolor y a cultivar la esperanza que nos permite perseverar durante el tiempo que nos ha sido dado.
Esta perspectiva también ayuda a comprender por qué 2 Corintios 12:9 habla del poder del Señor que se manifiesta en la debilidad. Cuando reconocemos que no podemos hacer frente a todo con nuestras propias fuerzas, nuestra fe puede crecer hacia una dependencia más profunda de Dios. En lugar de agotar nuestras energías ocultando nuestra fragilidad, buscamos su gracia tal como somos. La oración se convierte en un tiempo para dejar la carga de tener que resistir aparentando fortaleza y pedir a Dios la ayuda que necesitamos hoy.
En Colosenses 1:24, el sufrimiento también aparece vinculado con la misión de edificar la Iglesia. La salvación que Cristo consumó en la cruz es completa, y el sufrimiento de los creyentes está relacionado con anunciar esa salvación y servir a la Iglesia, que es su cuerpo. Desde esta perspectiva también podemos considerar el tiempo y el esfuerzo que compartimos para ayudar a alguien a crecer en la fe. Quien mira hacia la gloria venidera no juzga todo el sentido de su entrega únicamente por los resultados inmediatos, sino que pide fuerzas para perseverar en su labor, poniéndola en manos de Dios.
Cuando quien ha recibido el evangelio forma a otro discípulo
Estos esfuerzos tienen como meta la madurez de cada persona. Colosenses 1:28 muestra el propósito de ayudar a cada uno a alcanzar la madurez en Cristo. El pastor David Jang explica esta plenitud como un crecimiento en la obediencia a la voluntad de Dios y en la semejanza al carácter de Cristo. Por eso, la formación de discípulos requiere, junto con la enseñanza de la Palabra, un cuidado que ayude a que lo aprendido eche raíces en la vida cotidiana.
Cuando entendemos la Iglesia como el cuerpo de Cristo, ese cuidado se convierte en una responsabilidad de toda la comunidad. Los creyentes, que han recibido dones diferentes, se ayudan mutuamente, y quienes todavía están aprendiendo descubren su función y participan en el servicio. El propósito de la formación de discípulos se hace visible cuando quien antes recibía cuidado comienza a ayudar a otros con sus propios dones. La madurez de la comunidad se manifiesta en ese amor que llega a una persona y, a través de ella, alcanza a otras.
En este proceso también se aclara la función de quienes enseñan. Efesios 4:11–12 habla de la misión de capacitar a los creyentes para la obra del servicio y para edificar el cuerpo de Cristo. Los líderes deben enseñar la Palabra con fidelidad, mostrar con su propia vida lo que significa servir y ayudar a los creyentes a descubrir los dones que han recibido. Acompañar a quienes aprenden para que sirvan con responsabilidad y puedan, a su vez, enseñar a otros constituye un fruto importante de esa formación.
Este proceso se extiende hacia la misión de llevar el evangelio a todas las naciones. En Mateo 28:19–20 aparecen unidos el mandato de hacer discípulos y la tarea de formarlos para que vivan conforme a las enseñanzas del Señor. El evangelio llega a nuevas personas, que aprenden y crecen en la comunidad hasta convertirse, a su vez, en quienes lo anuncian. Compartir con el prójimo el amor recibido adquiere un significado más amplio dentro del plan de salvación de Dios, abierto a todas las naciones y generaciones.
Volvemos ahora a mirar aquella agenda. Dedicar tiempo a alguien sigue exigiendo esfuerzo, pero el motivo para asumirlo se hace un poco más claro. Recordando el amor que hemos recibido primero y pidiendo la ayuda del Espíritu Santo, podemos ofrecer parte de nuestro día para que otra persona crezca en Cristo. Del tiempo que hoy se me ha dado, ¿qué parte puedo dedicar a ayudar a alguien a crecer, en respuesta a la gracia que he recibido?
El Dr. David Jang ha llevado el evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000 se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y Seúl.
A medida que la escuela crecía, el Dr. Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando aún más sus bases como universidad.
En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de cooperación internacional.
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org

